MÁS ALLÁ DE LA ETIQUETA: APRENDER A MIRAR DE OTRA MANERA
Infancia, neurodivergencias, educación inclusiva y salud mental centraron las II Jornadas Municipales de Conexión y Participación Social en Luarca. Una jornada para escuchar y aprender, pero también para preguntarnos cuánto deben cambiar nuestros entornos para que ningún niño tenga que vivir intentando encajar constantemente en ellos.

Participé en Luarca en las II Jornadas Municipales de Conexión y Participación Social: «Más allá de la etiqueta: infancia y neurodivergencias para acompañar, ayudar y convivir», organizadas en torno a cuestiones que forman parte también de muchas de mis preocupaciones y de mi trabajo social: infancia, adolescencia, educación, neurodivergencias, salud mental, familias e inclusión.
A lo largo de la jornada pudimos escuchar a César Sanz de la Garza, Alejandra Rivas Lupo, Laura Vallina García, Rafa Dávila, Carlos García Junco, Natalia Sánchez de León, Ana Gloria Sánchez y Elisa Beltrán García.
No compartí absolutamente todo lo que escuché. Y creo que eso también tiene valor.
Participar en estos espacios no debería consistir únicamente en acudir y asentir. También significa escuchar, aprender, contrastar, discrepar y hacerse nuevas preguntas.
Más allá de una etiqueta
Una de las ideas que más presentes estuvieron durante la jornada fue la necesidad de comprender qué puede existir detrás de determinados comportamientos.
A veces juzgamos demasiado rápido.
Un niño «no atiende», «no se esfuerza», «se porta mal» o «no participa».
Pero detrás puede haber una forma diferente de procesar los estímulos, aprender, sentir, comunicarse o relacionarse con su entorno.
Y pequeños ajustes pueden provocar cambios enormes: anticipar una situación, reducir determinados estímulos, permitir una pausa, adaptar una evaluación o facilitar otras formas de participar y demostrar lo aprendido.
Me quedo especialmente con una idea:
VALOR ≠ RENDIMIENTO.
El valor de un niño jamás debería medirse exclusivamente por sus resultados.
Y la inclusión tampoco puede consistir en conseguir que quien es diferente termine haciendo exactamente lo mismo que los demás.
Si un niño permanece solo mientras el resto juega al fútbol, quizá la única pregunta no debería ser cómo conseguimos que juegue al fútbol.
También podemos preguntarnos qué podemos cambiar nosotros.
Incluir no es conseguir que todos hagan lo mismo. Incluir es conseguir que todos tengan un lugar.
También he tenido que cambiar yo
Esta reflexión tiene para mí una dimensión profundamente personal.
Yo no siempre pensé así.
Fui mucho más rígida. Venía de una educación del «hay que hacerlo porque hay que hacerlo», de acostumbrarse, esforzarse, cumplir y adaptarse porque las cosas siempre se habían hecho de una determinada manera.
Y mis hijos cambiaron muchas de mis certezas.
Me enseñaron que cada niño tiene sus tiempos, sus procesos, su manera de aprender y su forma de sentir el mundo.
Me enseñaron que exigir más no significa necesariamente educar mejor y que aquello que para un adulto puede parecer insignificante puede estar generando un sufrimiento enorme en un niño.
Por eso hoy hay una pregunta que considero imprescindible:
¿Y SI EL SISTEMA TAMBIÉN TIENE QUE CAMBIAR?
Cuando hablamos de la salud mental de nuestros niños y adolescentes no podemos preocuparnos únicamente cuando aparecen la ansiedad, el aislamiento, el rechazo escolar o un sufrimiento evidente.
También debemos preguntarnos qué ocurrió antes y qué podemos cambiar en los entornos que les rodean.
La casa también tiene que poder ser hogar
Al finalizar la intervención de Elisa Beltrán García planteé una cuestión que preocupa a muchas familias: los deberes fuera del horario escolar.
Puede ocurrir que precisamente el niño que más dificultades encuentra durante la jornada sea también quien llegue a casa con más trabajo pendiente.
Y entonces el colegio no termina al salir del colegio.
Continúa por la tarde, acompañado en ocasiones de agotamiento, frustración y conflictos, mientras las familias intentan convertirse en docentes cuando quizá sus hijos necesitan que vuelvan a ser simplemente eso: su familia.
La casa también tiene que poder ser hogar.
Un lugar para descansar, jugar, hablar, compartir y respirar.
Pregunté porque quiero conocer mejor los derechos de nuestros hijos.
Y porque conocer los derechos solo es el primer paso.
El siguiente es conseguir que se respeten.
El Occidente también tiene voz
Me llevé además una reflexión sobre nuestro territorio.
Me habría gustado escuchar más voces del propio Occidente de Asturias.
Tenemos profesionales, servicios públicos, centros educativos y familias que conocen directamente estas realidades.
Traer especialistas, conocimiento y experiencias de otros lugares enriquece y debe seguir haciéndose. Pero eso no debería impedirnos aprovechar también el conocimiento que ya existe aquí.
Por eso lo resumo de una forma muy sencilla:
NO QUIERO MENOS VOCES DE FUERA. QUIERO MÁS VOCES DE AQUÍ.
El Occidente no puede ser únicamente el lugar donde colocamos el escenario.
También tiene profesionales, familias, conocimiento, experiencias y necesidades que merecen subir a él.
Salí de estas jornadas con aprendizajes, preguntas, algunas discrepancias, muchas coincidencias y ganas de seguir aprendiendo.
Porque no necesitamos pensar todos igual para avanzar.
Necesitamos escucharnos.
Necesitamos comprender mejor la diferencia.
Y necesitamos dejar de construir espacios en los que siempre sean los niños quienes tengan que hacer el esfuerzo de encajar.
Detrás de cada diagnóstico, cada informe, cada dificultad y cada etiqueta hay algo que nunca deberíamos perder de vista:
HAY UN NIÑO O UNA NIÑA.
Y no tiene derecho solamente a estar.
Tiene derecho a pertenecer, aprender, participar y ser feliz.
Mar Villanueva
«Mi cuerpo tiene cicatrices, mi país también y no pienso tapar ninguna.»



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